Mindfulness (y el entrenamiento jedi)

Eduardo vio por primera vez La guerra de las galaxias en 1978. Aquello fue como una revelación: caballeros jedi con poderes mágicos, sables de luz, robots y criaturas alucinantes, rebeldes contra un malvado Imperio Galáctico… ¿qué más podía desear un niño de siete años?

Se quedó tan impresionado que al salir del cine en la Calle Fuencarral de Madrid giró la cabeza para contemplar el cartel y se dijo:

–Cine Roxy B… ¡tengo que acordarme toda mi vida de que vi esta película aquí!“.

Desde aquel día, soñó con convertirse en un jedi como Luke Skywalker, y entrenar la fuerza con algún sabio barbudo tipo Obi Wan Kenobi.

Pero la primera desilusión llego al recibir su sable laser de regalo el día de Reyes. Estaba bien para jugar, sí, pero su “hoja de luz” no era más que un tubo de plástico cutre –nada que ver con el alucinante chorro de plasma azulado que zumbaba en las manos de Luke. Poco después, tuvo que hacerse a la idea que los jedis no existían, que el maestro Obi Wan era tan falso como los propios Reyes Magos, y que por mucho que lo intentara no lograría nunca levitar el coche familiar con el poder de la mente. Sus sueños galácticos se estrellaron contra la dura realidad.

Clases de yoda

Casi veinte años después, durante la preparación de su tesis doctoral en Italia, Eduardo pasaba interminables horas encorvado sobre libros y revistas académicas. Aconsejado por su novia, acudió a una clase de yoda — quiero decir, de yoga— en un centro de Florencia. Entró en la sala de prácticas con bastante desconfianza, como quien aterriza en un extraño planeta. La atmósfera densa de incienso, la luz anaranjada, los swamis con sus túnicas y las estatuillas de criaturas insólitas le pusieron los pelos de punta.

Pero desde que el jóven académico se tumbó en la esterilla hasta que se levantó hora y media después, algo extraordinario había sucedido. ¿El despertar de la fuerza? Bueno, tampoco exageremos, no es que saliera levitando de la sala… pero vamos, que Eduardo entendió que el yoga servía no solo para sanar el cuerpo sino también para equilibrar la mente, calmar las emociones y quizás incluso conectar con algo más profundo.

Empezó a practicar todos los días, sintiéndose como Luke Skywalker entrenando en las ciénagas de Dagobah. Excepto que en este caso, los beneficios de la práctica eran muy reales. De hecho, le permitieron acabar y defender su tesis sin dañarse la espalda ni agobiarse más de la cuenta.

La meditación

A su vuelta a España, antes de una clase en la Escuela de yoga Sivananda de Madrid, un swami larguirucho con unos pies descalzos de tamaño descomunal le preguntó si había comenzado a practicar la meditación.

–No –le respondió Eduardo, un tanto molesto. Ya era un milagro que acudiera de vez en cuando a alguna clase de yoga. Por aquella época, trabajaba más de 10 horas al día en el departamento de recursos humanos de una startup tecnológica. No tenía tiempo ni para quedar con sus mejores amigos. ¡Como para apuntarse ahora a un curso de meditación!

–Cuanto antes empieces, mejor –observó el maestro, esbozando una leve sonrisa digna de Obi-Wan.

Y sin más, se alejó hacia otra sala, con sus grandes y silenciosas zancadas.

A pesar de su falta de tiempo crónica, Eduardo acabó siguiendo este consejo e incorporando la meditación en su entrenamiento Jedi diario. Aunque seguía sin poder levitar, le ayudó a luchar contra el “lado oscuro” del estrés y a cultivar actitudes como la ecuanimidad, la paciencia, la autocompasión y la capacidad de no convertirse en un Chewbacca enfurecido cada vez que le convocaban a una reunión a partir de las 19.00.

La llamada de la fuerza

En 2000, entre un trabajo y otro, se apuntó a un curso de profesores de yoga. No porque quisiera certificarse realmente como profesor, sino por las ganas de experimentar un retiro intensivo de un mes en las montañas del Tirol. Como Luke, ¡pero ahora en serio!

Sin embargo, salió de ese retiro tan cargado del lado luminoso de la fuerza que enseguida quiso compartir al menos un poco de lo aprendido con todo el planeta Tierra. Desde 2000 a 2004 impartió clases de yoga y meditación en Londres, Zaragoza, Madrid y Sicilia (esta última experiencia le inspiró el libro Yoga a la siciliana).

De hecho, Humor Positivo surgió en 2004 como una fusión entre el trabajo académico de Eduardo sobre la risa y estas experiencias en el campo del bienestar y el desarrollo personal. En la primera década del milenio, siguió explorando las relaciones entre el humor y la práctica contemplativa dentro de los propios cursos de Humor Positivo y también en ponencias académicas, conferencias, artículos y libros como El sentido del humor: manual de instrucciones y Amor y humor.

Mientras tanto, Martin Seligman acababa de inaugurar un nuevo campo de investigación científica la psicología positiva, que además del humor se interesaba por otros aspectos del potencial humano como la felicidad, las fortalezas y prácticas de bienestar como la meditación.

Eduardo colaboró en la organización de la Sociedad Española de Psicología Positiva y sus varios congresos, ofreció un curso de licenciatura sobre psicología positiva en Saint Louis University, y participó en varios masters y cursos de verano sobre el asunto.

El lado mindful de la fuerza

Mientras tanto, en los congresos y publicaciones de la psicología positiva, cada vez iba ganando mayor importancia el asunto de la meditación –y más concretamente del “mindfulness” (a veces traducido como “atención plena” o “atención consciente”). Todo comenzó en 2003 con una investigación pionera del prestigioso neurocientífico Richard Davidson, que detectó cambios positivos medibles en el cerebro y en el sistema inmunológico en un grupo de personas que asistieron a un curso de mindfulness de solo 8 semanas de duración.

Este programa, conocido como Mindfulness-Based Stress Reduction o MBSR lo había desarrollado el biólogo molecular Jon Kabat-Zinn en la Universidad de Massachussets a finales de los años 70 –precisamente mientras George Lucas ideaba La guerra de las galaxias.

Y ¿qué es el mindfulness? Suele definirse como una forma particular de prestar atención: de forma intencionada, en el momento presente, y sin juzgar. Pero Jon Kabat-Zinn lo explica mejor…

A partir de los estudios iniciales de Davidson, las publicaciones en revistas científicas sobre mindfulness crecieron de forma exponencial, de 23 artículos en 2003 a 842 en 2018. Estos estudios ofrecen pruebas consistentes de:

Es gracias a tales apoyos empíricos que el mindfulness ha obtenido tanto éxito en todo el mundo, penetrando en las empresas, los colegios, los hospitales y hasta el Parlamento Británico (¡que sin duda buena falta les hace!). La otra ventaja es que Jon Kabat Zinn decidió prescindir de túnicas naranjas, estatuillas de dioses orientales, incienso y cualquier otro elemento cultural que no fuera estrictamente necesario para el asunto –volviéndolo más asequible para gente que no se apuntaría a un curso de yoga en su vida, como tu primo Perico el que abre los botellines de cerveza con los dientes.

Al fin y al cabo, el mindfulness no es nada místico, ni exótico, ni especialmente romántico, sino algo tan sencillo como estar en lo que estás. Es abrirse a lo que está presente aquí y ahora, nada más y nada menos. Consiste, por ejemplo, en comer mientras comes, caminar mientras caminas o abrir el botellín de cerveza mientras abres el botellín de cerveza (ya sea con la técnica de Perico o la que prefieras).

Lo cual no es nada fácil, porque lo normal es estar en babia, en piloto automático, haciendo tres cosas a la vez, abducido por el móvil o las preocupaciones, controlado por los hábitos y tics, paralizado por el miedo o desatado por la ira o confundido por la… confusión. ¿O no?

Sin embargo, y aunque el mindfulness sea una forma de funcionar poco habitual, también es algo plenamente humano, universal, cotidiano y de sentido común. O sea, nada que ver con poderes de jedi ni galaxias lejanas, por mucho que Eduardo insista en ello.

En definitiva, es de lo mejorcito que hay para luchar contra Darth Stress y el Lado Oscuro, precisamente porque no niega ese lado y lo acoge como parte de la experiencia humana.

La llegada del maestro

En 2011, Eduardo asistió a su primer MBSR a través de la fundación Nirakara, en la Universidad Complutense, impartido por Gustavo Diex y Rafael G. De Silva (ahora director de Habitar el tiempo). Desde la primera clase, le impresionó la cuidada metodología, la profundidad y sencillez de las enseñanzas, el enfoque científico, psicológico, universal. Por no hablar de la humildad y sentido del humor de los facilitadores.

Tanto le impactó, de hecho, que escribió ese mismo año lo que sería su primera novela, Conversaciones con mi gata, inspirada en buena medida por el encuentro con el mindfulness –un concepto que los gatos entienden muy bien. Desde entonces ha seguido practicando y formándose en varios encuentros y cursos de profundización de Nirakara, impartiendo él mismo una sesión sobre “Humor, espiritualidad y el teatro cotidiano” en 2014.

Actualmente Eduardo está completando su formación Jedi con la certificación de profesor de MBSR de la Universidad de Brown. Imparte cursos de mindfulness en Teamlabs, tras realizar con éxito las formaciones residenciales MBSR Foundations y MBSR Teacher Advancement Intensive. De hecho, completó la Fase I del itinerario de Brown justo a tiempo para el estreno de El ascenso de Skywalker, la película conclusiva de la saga Star Wars.

¿Le convenció la peli? Sí, disfrutó como un niño de 7 años. No la pudo ver en el Roxy B, porque desafortunadamente este cine cerró hace algunos años. Pero como os podréis imaginar, Eduardo acudió a la sala con sable laser y disfrazado de Luke.

Nota: De momento, los cursos de Eduardo son solo para la comunidad de Teamlabs, pero si quieres que te avise de futuras ediciones en abierto (en Madrid), puedes escribirle un mensaje.

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